lunes, 16 de mayo de 2011

ÉRASE UNA VEZ EN MÉXICO (ONCE UPON A TIME IN MEXICO)

   



      Por Joaquín Peña Arana     


    Lo que más me agradó fue el final.    

    Y no es mala onda. Es que, después de ver no sólo las películas de Robert Rodríguez, sino en general las que pretende atisbar a la idiosincracia mexicana, no me queda más que suspirar y aceptar que, pase lo que pase, así nos ven y así nos verán. No creo que haya algo que les haga cambiar.

     Robert Rodríguez podrá ser criticado por mil y un razones menos por ser un mediocre. O sea, baboso no es. En cuanto logró colocarse con El Mariachi, se supo mover - y muy bien -  en el mundillo hollywoodense. No es un secreto que ha formado una especie de cofradía con Banderas, Salma Hayek y Tarantino, además del grupo de actores que se repiten y rotan en las películas de los ya mencionados (Cheech Marin y Danny Trejo, los más recurrentes).  Digo, no me da envidia. Qué bueno que tiene chamba.
     Rodríguez hace el cine que quiere y como lo quiere. No importa que parezca típico cine mexicanoide, maltrecho, acartonado, caricaturesco, o sofisticadas fantasías aventureras al estilo de Spy Kids. Tiene seguidores que colocan sus películas en categoría de culto, en parte,  porque las ven como ese homenaje al spaghetti western que tanto le hacía falta. Pero ¿por qué siempre ese México pseudocostumbrista, de caciques y poderosos, perpetua república bananera? Sé que, en cuanto se cruza la frontera, hay importantes segmentos de la población hispana nacida y criada en Estados Unidos que nos ven así. Es posible que Rodríguez no sea la excepción.
    En todo caso, me quedo con dos cosas. Primero, la experiencia que debió resultar para la gente de las locaciones mexicanas:  me quiero imaginar el impacto de saber que tenían a tiro de piedra (y verles en la medida de lo posible) a Salma, Antonio, Mickey Rourke, Willem Dafoe, Johnny Depp, Rubén Blades, Eva Mendes, ¡Enrique Iglesias!  Y por último, la imagen final de la película. Al menos, El Mariachi ama a México, quizás más que los presidentes que juraron guardar y hacer guardar la constitución política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen.


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